Fue el 26 de abril de 1986, 3 años y 23 días después de haber nacido, cuando sucedió la catástrofé de Chernóbil. Justo por aquel entonces estábamos en Alemania, por lo que nos pilló de lleno. Recuerdo que mi madre me envolvía la cabeza con toallas, y que dejábamos los zapatos por fuera de la puerta de casa y nos quitábamos la ropa también por fuera de casa, para que entrara la menor cantidad de radiación a casa. Mis padres me compraban comidas carísimas de herbolarío para que no comiera alimentos afectados por la radiación o afectados en menor medida. Recuerdo aquello como si fuera ayer. Y desde entonces cuando paso por centrales nucleares, que afortunadamente aquí en Tenerife no hay, pero cuando voy de viaje y paso cerca de alguna se me ponen los pelos de punta.
Las centrales nucleares son fábricas de muerte, no sólo para los que trabajan en ellas, ni los que viven en las inmediaciones; el radio puede ser inmenso. En el caso de Chernóbil, parte de la radiación se extendió a través de Europa septentrional y llegó hasta Gran Bretaña. Y Chornobyl, como se dice en ucraniano, está justamente en Ucrania.
Las centrales nucleares son fábricas de muerte.
Todo esto me viene porque vi en la web de WWF/Adena unas chimeneas de centrales nucleares, ya que en su web puedes firmar para enviar una carta a las empresas españolas Unión Fenosa y Endesa que ocupan los últimos lugares en el ranking de empresas eléctricas elaborado por esta asociación, para pedir que cambien sus políticas de producción y aporten así aunque sea un mínimo grano de arena a reducir la contaminación global.
Para firmar la carta pincha aquí. Gracias por tu colaboración, el planeta te lo agradecerá.






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