La “piñata”

Yo no se como lo recordará el resto, pero en mi época las piñatas eran de cartón y contenían golosinas y juguetes de esos de un sólo uso, porque eran malos con ganas. Pistolas de agua que perdían agua por todos sitios, pero dispararla por donde debían era algo que no sucedía jamás; lupas que más que aumentar te hacían plantearte si las golosinas eran apropiadas para niños por contener un alto grado de sustancias alucinojenas; coches plásticos a los que solían faltarle al menos dos de las cuatro ruedas desde un principio, y si no tranquilo porque al primer uso seguro que se le caían; gafas y nariz plásticas que sólo le servían a ese que llamaban “el cabezón”, porque al resto le quedaban largas de todos sitios…

El evento era algo pacífico y divertido, menos para: ese padre que mientras animaba a su hijo recibía un palo en toda la cabeza; ese niño que era más lento que un coche sin motor y no cogía nada, ni siquiera una mísera serpentina que nadie quería o un caramelo destrozado por el impacto con el suelo; ese que en plena euforia se abalanzaba sobre las golosinas queriendo ser el primero, convirtiéndose a su vez en el aplastado, debajo de otros treinta niños que lo pisaban cual moqueta; ese que cogía un montón y luego le quitaban la mayoría de cosas para dárselas a ese que no había cogido nada; y para ese que rompía la piñata y sufría las consecuencias del impacto de los caramelos que a velocidad de meteorito convertían su cabeza en un chichón gigante haciendo que incluso a él le sirvieran las gafas y nariz plásticas.

Pero se ve que no en todos los lugares las piñatas son tan pacíficas y felices para todos, sino que hay pueblos en los que la piñata es un juego por la vida y la muerte, y si no vean ustedes mismos.

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