Malditas fronteras


Quien se pase por este humilde blog de tanto en tanto, seguramente ya sepa, y no le sorprenderá por tanto si afirmo que odio las fronteras.

Una de las razones principales de mi odio es que yo me siento apátrida, me considero ciudadano del mundo, creo que el mundo surgió sin barreras, y por ello, éstas deben ser derribadas. Otra es que por culpa de esas fronteras que encierran entre ellas la necia mentalidad nacionalista son las culpables de tantas muertes, de tantas guerras, que me parece inevitable estar en contra de ellas e incomprensible, para mi, no estarlo.

Por esta razón pondré a continuación un excelente artículo de Maruja Torres, la cual expresa de una manera tan brillante aquello que yo siento, que no podría explicarlo mejor:

Vaya vallas, vaya muros, vaya cercas, vaya alambradas, vaya fronteras y vaya vaya… Todo parece indicar que, así como hubo un Siglo de las Luces, ahora estamos viviendo en los albores del Siglo de los Impedimentos, bien a base de obstáculos físicos, de patrullas policiales o militares, de requisitos y cortapisas, o de todo ello a la vez. El viejo sueño de pasar de un país a otro como moviéndose en la propia casa de uno se ha desvanecido incluso para los privilegiados que también se ven sometidos a medidas de seguridad y que, aun en el caso de que no se les apliquen, van de un sitio a otro con la peor de las murallas dentro: la del miedo.

He atravesado muchas fronteras en el curso de los años, y en numerosos viajes me he topado siempre con la misma estúpida tontería, redundo: territorios que son iguales a uno y otro lado, personas que podrían entenderse –u odiarse, pero cordialmente– a poco que se conocieran, pero que se enconan en sentirse diferentes y en separarse del otro, en luchar contra el otro o en apoderarse de lo que es del otro.

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