La regla de los treinta días


En estas fechas de consumo desmesurado la regla de los treinta días puede servir para traer un poco de cordura a la caza del regalo que rellene la caja más grande debajo del árbol de navidad. Mucha gente compra sin pensar en absolutamente nada, no importa la calidad, la utilidad, lo mucho o poco que alguien pueda necesitar determinada cosa, son como las urracas, van a lo que brilla, destella o es gigante. Hay demasiada mierda en el mercado y desgraciadamente nuestro afán de consumir nos lleva a consumirlas.

Por eso la regla de los treinta días es una fantástica idea para todos aquellos que tengan problemas con la compra compulsiva, gran enemiga de la simplicidad. Aunque diría que es aplicable a cualquier persona que vive en este mundo que nos bombardea con mensajes que tratan de encender en nosotros la mecha del consumismo que nos esta estallando en toda la cara. La regla expone lo siguiente: si quieres comprar algo, tienes que escribirlo en la lista de los treinta días, junto con la fecha en la que lo anotas. Si después de treinta días todavía lo quieres, entonces puedes comprarlo. Claro que no se aplica a necesidades básicas como la comida, lo que ayuda a distinguir entre caprichos y bienes.

Muchas veces vemos cosas y las queremos, no reflexionamos, no pensamos, lo compramos y luego pensamos, ¿realmente necesito esta mierda? La regla de los treinta días nos obliga, en cierta manera, a dejar pasar ese momento de incoherencia y nos permite pensar realmente acerca de la necesidad de tener o no ciertas cosas.

Vía | MakeMeMinimal

La teoría de las ventanas rotas


Supongo que ya muchos sabrán de qué se trata cuando hablamos de la teoría de las ventanas rotas, pero aún así nunca está de más recordarlo. Yo mismo recuerda haber estudiado algo acerca de esta idea, pero realmente no me acordaba hasta que he leído un artículo en referencia a la misma.

La teoría tiene su origen en un experimento que llevó a cabo un psicólogo de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, en 1969. Abandonó un coche en las descuidadas calles del Bronx de Nueva York, con las placas de matrícula arrancadas y las puertas abiertas. Su objetivo era ver qué ocurría. Y ocurrió algo. A los 10 minutos, empezaron a robar sus componentes. A los tres días no quedaba nada de valor. Luego empezaron a destrozarlo.

El experimento tenía una segunda parte: abandonó otro coche, en parecidas condiciones, en un barrio rico de Palo Alto, California. No pasó nada. Durante una semana, el coche siguió intacto. Entonces, Zimbardo dio un paso más, y machacó algunas partes de la carrocería con un martillo. Debió de ser la señal que los honrados ciudadanos de Palo Alto esperaban, porque al cabo de pocas horas el coche estaba tan destrozado como el del Bronx.

Este experimento es el que dio lugar a la teoría de las ventanas rotas, elaborada por James Wilson y George Kelling: si en un edificio aparece una ventana rota, y no se arregla pronto, inmediatamente el resto de ventanas acaban siendo destrozadas por los vándalos. ¿Por qué? Porque es divertido romper cristales, desde luego. Pero, sobre todo, porque la ventana rota envía un mensaje: aquí no hay nadie que cuide de esto.

El mensaje es claro: una vez que se empiezan a desobedecer las normas que mantienen el orden en una comunidad, tanto el orden como la comunidad empiezan a deteriorarse, a menudo a una velocidad sorprendente. Las conductas incivilizadas se contagian.

Teniendo esto en cuenta cabría plantearse si la técnica, tan utilizada en los colegios, de sentar al gamberro con el empollón realmente surten el efecto deseado. Sería interesante saber si se contagian más las conductas incivilizadas que las civilizadas, si es al revés o si la opción de contagio es igual para ambas. En el caso de que la capacidad de transmisión del comportamiento incivilizado fuera mayor, sería interesante preguntarse por qué.

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